agosto 08, 2011

Tarde Quieta

Hiroshige Ando
Hay una tarde quieta y un sol bostezando. Una taza de café que gustoso se inmola en mi boca y yo le retribuyo con reverencia. Más allá unos perros discutiendo, vaya usted a saber por cual territorio, perra o fantasma. Aquí estoy yo, escarbando y reconstruyendo. A veces hago un zurcido invisible, milagroso en todos los sentidos, por sus resultados y por mi habilidad. Un cielo despejado me invita, siento que a mí sola, pero ahí está,  para que lo agarre el que quiera, tan abierto, tan regalado. La piel no se me olvida. El cuerpo me pertenece. En este momento mi cuerpo es mío. Soy toda yo, sin obstáculos, más que unas cuantas pecas insistentes. Viene mi sombra a comprobarme, a reafirmar mi cuerpo. Y me dibuja en la pared. Todas las sombras pintan su autorretrato. La tarde busca donde dormir y cada cosa es un refugio. El viento sopla despacito el árbol del jardín vecino. Allí se posa la tarde. Mi sombra, como gato, se va sigilosa a algún rincón. A veces el silencio es un piadoso y el tiempo se embriaga en un oasis. En cualquier pedazo oscuro de tierra se mete la tarde cual lombriz. La tierra es el aposento para el descanso y la materia para la resurrección. Pero tantos sitios son un pesebre. Mis manos juegan con mi cabello negro y hacen un nido exacto para una golondrina. La taza va dejando un espacio en el fondo, junto a la borra; la tarde se sumerge y yo le doy un último sorbo. 

5 comentarios:

Verónica E. Díaz M. dijo...

Abrazos quietos!

alkerme dijo...

Alegría de verte, Vero.
¡lo que de sí puede dar una taza de café!

Abrazos, también.

Laura dijo...

aprendemos con el tiempo aprendemos, que lo de adentro es lo que nos mantiene quietos y firmes.
abrazos!

Anónimo dijo...

Bello. Bella. Siempre.

Besitos,
J.A. :)

La sonrisa de Hiperion dijo...

Hay tardes, que nunca nos dejan...

Saludos!

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