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| Tsang Jenny - Geisha ii |
En algún momento, tal vez en un cruce de esquinas, me detuve impasible, inexacta, desorientada. Y fui árbol y farol. Mi vida estaba dentro de mí y alrededor, y yo no me movía. Vivía mientras el aire y los pájaros me hacían cosquillas, la lluvia me bautizaba, el sol brillaba fuerte y era sombrilla o paraguas para algún transeúnte desamparado; los perros me hacían sus cosas y los enamorados se recostaban en mi pecho y se amaban entre mis ramas. Entonces me quedaba quieta –como si pudiera moverme!–, cada hojita era una nariz y un susurro, olía el aroma de ella y la ansiedad de él palpitándole en la vena del cuello y cantaba. Como un himno, empezaba la savia a circular, a cantar; el canto comenzaba adentro, insospechado, como un milagro, como una oración, una alabanza. Entendí. La vida es un latido, un solo latido que busca compañía y otro, venido de algún ser más, quizá otro árbol, se adhiere, como los labios en un beso eterno, y así vienen de distintos seres, del infinito –supongo–, de ese lado que es ninguna parte y todas, y se forma un coro único de latidos, un corazón, la vida. Entonces puedo ser árbol y hombre, árbol y trino, o un cordero cualquiera.
A veces le preguntaba al farol de al lado, qué se siente ser luz. Y chisporroteaba. Entonces sabía que estaba feliz, que era maravilloso ser luz. Nos entreteníamos haciendo fantasmas con las sombras, con la noche y la luna de cómplices y uno que otro pájaro noctámbulo, sonámbulo, de esos que andan cantando serenatas a una altanera y hermosa estrella, fugaz seguramente.
Antes de dormirme, ya bien entrada la noche, cuando Jorge, el bohemio, se había ido a gorjear su despecho a otro arrabal, la luna era requerida por varios poetas, enamorados y locos; Luzardo, el farol, que nunca hablaba de apagarse, seguía en pie contra todo mal, me decía invariablemente: “Mañana volveremos a arder”, con la certeza de lo inevitable. Había un espacio en las mañanas, en el que Luzardo se hacía chiquito, dormía, -pero dejo relevos me decía, ya viene el sol por ahí; y hay personas que parecen candiles, ¿te has fijado?-, y se dormía placidamente con la confianza de la claridad.
Y venía Inti, el sol, rezongando con las nubes; siempre hacía así para entrar en calor, ya después más relajado inauguraba el día y se quedaba arriba en su trono, recibiendo el agradecimiento de arbolitos, agricultores, vendedores de abanicos y veraneantes entre otros.
El día iniciaba con su resuello febril, olores a tráfico, desodorantes y empanadas, niños alegres o disgustados camino a la escuela, los papás con un dejo de amargura los más, con una simple condescendencia los otros, con una sonrisa espontánea los menos. Y yo me daba cuenta de la vida con los ojos cerrados; veía.
Hoy siento el sol hormigueando en cada hojita y la brisa contándome chismes de la gente. Es un día nuevo y lo reservo para mí. Voy a seguir, decido. Me tomo unos minutos para despedirme, agradecer y abrir lentamente los ojos. Me apresuro a limpiar las hojas en mis hombros.
Hay un destino natural para cada árbol paciente, así la gente apresurada no lo sepa entender.

2 comentarios:
Abrazos de luz...
Vero
Creo que árbol, farol y mucho más.
Todo parece estar en todo, todo forma parte de algo...
Abrazos, también
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