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| Paul Delaroche - La joven mártir |
Exprimo, con unas exiguas manos, desgastadas en temores arqueológicos, este espacio y un reloj. Quiero ser alfombra de nubes y discurrir. Vagar en el pico de un ave taciturna. Cantar este pésame de mí misma. Una urgencia se avecina. Mi cuerpo es portador del preámbulo de la ansiedad, que carcome el simulacro de tranquilidad, una vez a la semana, desde hace exactamente un año y nueve meses. El ambiente se pone frío, como cuando hay una presencia espectral, y las dichosas esperanzas tienen vida propia, muy a mi pesar, pues hasta ahora han sido en vano. Mi cuerpo les sirve de médium. Y tan alegres, bullen y rebullen entre mente y corazón. Las manos se me hinchan tratando de contenerlas. Lloro todas las lágrimas. Tengo que cambiarme de vestido. En el clóset todavía está tu ropa; a veces invento excusas para cambiar la mía, para visitar tu recuerdo. Me derramo un café, ya frío de tanta espera; me siento a ver las fotos en el piso del estudio que no he limpiado más. -Estos zapatos me aprietan-; -Quiero ponerme otro abrigo, más gris, como yo-. El destierro es en mi cuerpo a todas horas. Y me quedo instalada en un pasado que no termina de pasar, hasta que algo aquí me reclama: un pájaro feliz, el timbre obstinante de un teléfono, las ganas apremiantes de orinar, unos rasguños en la puerta, una visita de buena voluntad a quien agradezco con parquedad su intención humanitaria. Vuelvo, pero no es cierto, no regreso completamente. Permanezco ausente de ahora. Yo también me extraño. Me asusta mi sombra agazapada en las esquinas. Canela se pone a ladrar como lo hace con algún intruso; después me reconoce en la pared y corre a mi lado a lamerme la tristeza que me escurre de los talones. Me encierro en mi cuarto como en un ataúd. Afuera, sentada ante la puerta cerrada, Canela me vela, digna esfinge de fidelidad. Cada día me muero un poco. Somos una moribunda y un desaparecido. El techo del cuarto se ha puesto gris y se empeña en hacer predicciones. No basta que lo pinte cada mes, que cierre los ojos, que tape mis oídos o que le grite con todas mis entrañas: siempre encuentra la manera de decirme que hoy tampoco vendrás.

1 comentario:
Precioso. Canela es un refugio y me gusta que te visite un pájaro feliz.
Eso es siempre un buen presagio.
Un beso grande
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