Su relación había sido larga, más de lo normal para la época actual. Pero en cuestión de relaciones nada tiene mucho sentido, ni siquiera el amor que es el más loco de todos.
Formaban una bonita pareja, podría decirse, o podría haberse dicho. Ella, delicada, femenina y mansa como el agua, por lo que era de temer cuando subía la corriente. El, dominante, apasionado, elocuente. Eran como complementarios, aparte de soñadores incurables y amantes incansables. Oh sí! Incansables…
Viéndola a ella, nadie podía sospechar su curva de líbido mensual. De las cenas a medio terminar en la mesa, cuando, como quien no quería la cosa, retiraba su pequeño pie de su femenina sandalia y lo hacía subir lenta y fuertemente por la larga pierna de su amado; subía y bajaba, subía y bajaba, hasta posarlo justo en el centro. El, sintiendo el pie desnudo de su amada, la pimienta y la canela de la comida junto con la emoción de que llegara la hermana de ella en cualquier momento.
Cuando ya era demasiada la canela, se miraban fijamente un rato y corrían a la cocina, que era el sitio más seguro, y entre delantales y cacerolas lograban un apasionamiento tal, entre quejidos ahogados, que traspasaba hasta dos pisos de vecinos que la miraban tan extrañados de que en tan pequeña criatura cupiera tan grande pasión. Y hasta se culpaban de malpensados cuando creían que era ella la causante de tanto retumbo y culpaban a la hermana casada con quien vivía, y a su depravado esposo mayor, que la edad no le debería permitir esos trotes, que la medicina tan avanzada, pero con tanta pastilla debería tener cuidado con un infarto.
Otras veces lo recibía en el sofá con algún dulce, de preferencia fresas, uvas o albaricoques a los que rociaba con chocolate, crema batida o arequipe y que derramaba accidentalmente en su escote o le hacía probar de sus dedos, dejando, también accidentalmente restos de dulce en las comisuras de él que quitaba suave y lentamente con labios y lengua, que juguetonamente intentaba hacer pasar a otros predios.
El sofá era de buena calidad evidentemente, porque después del dulce, las manos de él la sujetaban fuertemente por la cintura y la atraían desesperadamente a su lado, buscándole la boca mientras tiraba de su largo cabello lo que hacía que ella reclinara la cabeza y el pudiera absorber, porque esa es la palabra su pequeña y jugosa boca. Mientras, ella intentaba desatarse con todas sus fuerzas, para hacer más placentero el juego. La fuerza de él terminaba dominándola y entonces lograba hacer avanzar su mano por debajo de la falda sin a veces encontrar obstáculos para llegar al cálido sitio. Y así, obtenían una mezcla de placer y emoción diferentes al rutinario modo de tener relaciones.
Su relación se mantenía sobretodo por las peleas, de los distanciamientos que a veces provocaban con intención, porque cuando peleaban…
Cuando peleaban había puños de parte de ella, uñas enterradas en cualquier sitio desprotegido de él, mordiscos y desespero. De parte de él, la fuerza, la evasión de golpes y cachetadas. Al final, ya cansada ella por la lucha se dejaba atrapar contra una pared y con la rabia no había besos sino mordiscos de besos, cuando ella estiraba con sus dientes el labio inferior de él y él la besaba con pasión mientras iba desgarrando su ropa; que ya no le quedaban camisas con botones y que su sostenes estaban remendados de alguna de esas peleas de amor.
Por eso, cuando la rutina o los problemas los agobiaban y la comunicación no se daba muy bien, ellos sabían que algo andaba mal, pero a veces, lo fomentaban, a propósito, porque sabían en lo que iba a parar, en el éxtasis y liberación total de las energías reprimidas, como terapia, como solución a sus problemas, como repotenciador de su relación, desaparecida después de algún tiempo cuando ella se hizo de otros hábitos y él de otros caminos.
Formaban una bonita pareja, podría decirse, o podría haberse dicho. Ella, delicada, femenina y mansa como el agua, por lo que era de temer cuando subía la corriente. El, dominante, apasionado, elocuente. Eran como complementarios, aparte de soñadores incurables y amantes incansables. Oh sí! Incansables…
Viéndola a ella, nadie podía sospechar su curva de líbido mensual. De las cenas a medio terminar en la mesa, cuando, como quien no quería la cosa, retiraba su pequeño pie de su femenina sandalia y lo hacía subir lenta y fuertemente por la larga pierna de su amado; subía y bajaba, subía y bajaba, hasta posarlo justo en el centro. El, sintiendo el pie desnudo de su amada, la pimienta y la canela de la comida junto con la emoción de que llegara la hermana de ella en cualquier momento.
Cuando ya era demasiada la canela, se miraban fijamente un rato y corrían a la cocina, que era el sitio más seguro, y entre delantales y cacerolas lograban un apasionamiento tal, entre quejidos ahogados, que traspasaba hasta dos pisos de vecinos que la miraban tan extrañados de que en tan pequeña criatura cupiera tan grande pasión. Y hasta se culpaban de malpensados cuando creían que era ella la causante de tanto retumbo y culpaban a la hermana casada con quien vivía, y a su depravado esposo mayor, que la edad no le debería permitir esos trotes, que la medicina tan avanzada, pero con tanta pastilla debería tener cuidado con un infarto.
Otras veces lo recibía en el sofá con algún dulce, de preferencia fresas, uvas o albaricoques a los que rociaba con chocolate, crema batida o arequipe y que derramaba accidentalmente en su escote o le hacía probar de sus dedos, dejando, también accidentalmente restos de dulce en las comisuras de él que quitaba suave y lentamente con labios y lengua, que juguetonamente intentaba hacer pasar a otros predios.
El sofá era de buena calidad evidentemente, porque después del dulce, las manos de él la sujetaban fuertemente por la cintura y la atraían desesperadamente a su lado, buscándole la boca mientras tiraba de su largo cabello lo que hacía que ella reclinara la cabeza y el pudiera absorber, porque esa es la palabra su pequeña y jugosa boca. Mientras, ella intentaba desatarse con todas sus fuerzas, para hacer más placentero el juego. La fuerza de él terminaba dominándola y entonces lograba hacer avanzar su mano por debajo de la falda sin a veces encontrar obstáculos para llegar al cálido sitio. Y así, obtenían una mezcla de placer y emoción diferentes al rutinario modo de tener relaciones.
Su relación se mantenía sobretodo por las peleas, de los distanciamientos que a veces provocaban con intención, porque cuando peleaban…
Cuando peleaban había puños de parte de ella, uñas enterradas en cualquier sitio desprotegido de él, mordiscos y desespero. De parte de él, la fuerza, la evasión de golpes y cachetadas. Al final, ya cansada ella por la lucha se dejaba atrapar contra una pared y con la rabia no había besos sino mordiscos de besos, cuando ella estiraba con sus dientes el labio inferior de él y él la besaba con pasión mientras iba desgarrando su ropa; que ya no le quedaban camisas con botones y que su sostenes estaban remendados de alguna de esas peleas de amor.
Por eso, cuando la rutina o los problemas los agobiaban y la comunicación no se daba muy bien, ellos sabían que algo andaba mal, pero a veces, lo fomentaban, a propósito, porque sabían en lo que iba a parar, en el éxtasis y liberación total de las energías reprimidas, como terapia, como solución a sus problemas, como repotenciador de su relación, desaparecida después de algún tiempo cuando ella se hizo de otros hábitos y él de otros caminos.
5 comentarios:
Adivina donde anda Bianca. Que el final lo dice.
Jajaja... Me halagas ami... Yo pensé más bien en la revistica "Bianca"... jajaja
Excelente... como todo lo tuyo... me quedé sin habla... que problema, no se como voy hacer el resto del día.....
Gatón
Jajaja Gatón, te extrañé!
muy pero muy bueno, lo disfruté, saludos!
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