Cuando estoy triste fuera de mi casa, inevitablemente pienso en café, en una cremosa y caliente taza de café, de preferencia capuccino. Y con el café mi paladar necesita chocolate, de preferencia amargo, me gusta esa combinación de sabores, y creo que el chocolate es anti-depresivo, por lo que tendré que comer en cantidades, en aras de mi salud mental.
Me refugio entonces en el café, en el chocolate, en cualquier libro o película que me dé la excusa de soltar unas lágrimas y despojarme de la armadura de mujer valiente, que tanto pesa. Si lo sabrán mis amigas.
Cuando la tristeza me invade y estoy en mi casa, sólo me basta mirar a un lado y ver unos ojos inmensos que me miran desde un corral y una sonrisita que apenas se ve de mi primera bella sobrina. Cuando miro hacia el otro, veo a mi hermana corriendo y entregándome a mi otro sobrino, porque está urgida de ir al baño. Y entonces lo colocó en mi hombro, el izquierdo generalmente, y en un ratito siento como empieza a buscar comerme un pedazo, aún sin dientes. Le digo entonces a mi hermana "Creo que tiene hambre" y se lo entrego, pero el olor y el amor a bebé quedan.
Cuando al rato entra a mi cuarto, Anita La Huerfanita, y se le ocurre querer peinarme después de mi tratamiento para mechas y mi secado en una de las peluquerías más famosas de Barquisimeto, con sus manitas todas llenas de dulce y de amor. Y yo dejo que cepille mi cabello, a pesar de todo, porque como Audrey Hepburn decía ese es el mejor tratamiento de belleza.
Entonces se me pasa la tristeza...
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